“Para el mundo, era un actor ganador del Oscar, un director, un narrador. Para mí, lo era todo”. Con estas palabras, Luciana Duvall anunciaba en redes sociales que su marido, la leyenda de la interpretación Robert Duvall, había fallecido el domingo a los 95 años en su rancho de Virginia.
Duvall será por siempre el consiglieri Tom Hagen en El padrino, donde hacía ofertas irrechazables como consejero de la familia Corleone, y el coronel Kilgore, al que le encantaba el olor a napalm por la mañana, en Apocalypse Now, ambas de Francis Ford Coppola. Pero gracias a su talento, trabajó durante siete décadas en el cine. El premio Oscar lo ganó por Gracias y favores, aunque logró otras nominaciones con las dos películas mencionadas por Coppola, El don del coraje, Camino al cielo, Acción civil y El juez. Nada mal para alguien en cuya primera película no decía ni una palabra (dio vida al callado y solitario Boo Radley en Matar un ruiseñor en 1962), aunque ya venía curtido del teatro y la televisión.
“Su pasión por su oficio solo era comparable a su profundo amor por los personajes, una comida exquisita y su capacidad para conquistar el corazón. En cada uno de sus muchos papeles, Bob lo dio todo por sus personajes y por la auténtica esencia humana que representaban. Al hacerlo, nos deja algo duradero e inolvidable. Gracias por los años de apoyo que le brindaron a Bob y por brindarnos este tiempo y privacidad para celebrar los recuerdos que nos deja”, contaba en el comunicado su esposa Luciana, actriz y directora argentina, con la que compartía su pasión por el tango.
Robert Selden Duvall nació en San Diego la víspera de Reyes de 1931. Su padre, militar de carrera, trasladó a su familia a la costa Este cuando su hijo mediano tenía 10 años. Su madre era descendiente del general Robert E. Lee, un dato que a Duvall le gustaba contar. Tras estudiar teatro en la universidad y pasar dos años en el ejército, a finales de los años cincuenta se fue a Nueva York a seguir formándose y a ganarse la vida. Compartió piso con Dustin Hoffman y ambos gorroneaban comida en casa de Gene Hackman, cuya esposa solía cocinar para todos ellos.



